Martina

No era más que un código el que se debía seguir, todos lo sabían. Siempre había sido así, incluso antes de su llegada y la profusión confusa de los Códigos de Laris. Ni siquiera las Arenas del Tiempo podrían modificar una ética ya de por sí resquebrajada y sumida al olvido entre las raíces de los alfileres y el bravo desacato de la estupidez desvocada. Era un oriundo en tierras extrañas, pero ello no le daba ventaja al mezclarse entre huellas de gato y ramas de alóe. La descripción de una línea nunca tuvo tantas parcelas en las que elubricar una nueva hazaña huidiza ante las miradas propias, las que perdonan y las que callan. La profusión de la ceguera abarcaba extensas estepas y pequeños bosques almidonados que esperaban la señal polvorienta de un camino de azúcar que mueva la simiente ilógica de un pensamiento atrofiado más allá del papel donde,vagamente, intentan dibujar la sombra de recuerdos todavía no alcanzados. El respeto mantenía el código. Un respeto cosido con espinas a los vértices esquivos de las intenciones fraguadas tanto en el Nuevo como en el Viejo Mundo. Una lenta agonía forjada en los albores de la luz que esperaba su adaptación posmoderna para dotarla de toda la serenidad que sólo un desierto puede mantener oculto. Desiertos próximos, desiertos cercanos. Desiertos que arañan caprichosos los pololos de una falda esplendorosa que sólo sirve de lento túnel en el transvase de la mediocridad al pequeño, pero tan deseado, sentimiento de posesión de un extraño nombre sin significado coyuntural de base, pero con una pesada losa social que no se puede derrumbar a base de nubes y sonrisas. Palabras y más palabras. Todas ellas conforman en sí misma un código, un sistema, una larga procesión de mecanismos todos ellos interdependientes y ajenos a cualquier atisbo de maullido. La posesión de una palabra, someterla bajo el yugo triste del deseo, obviar que tan solo el gallo establece el baremo por el cual ella nos pertenece,…

Por eso ella se escondió en su isla. La pequeña isla de las bufandas. En la isla de las bufandas sólo habitan sombras mudas de rumores escondidos. Bajo el abrazo de acero se resguardan del abismo las palabras que no quieren ser dichas otra vez, las palabras que ya están hartas de la excusa de las musas y sólo quieren vivir allí dónde signifiquen. Ese es el espacio etéreo donde camina Martina, esa pequeña parte de ti, bajo la fisura de un aguacero constante de harina de garbanzo que destroza las excusas del rezo insatisfactorio. Allí Martina conoce a las horas, las mima y las introduce en tallos de ébano para que las hormigas las devoren antes de que alteren el orden de cuerpos indistintamente enfurecidos. Otros cuentos habitaban en Martina, perdidos entre rincones y sollozos que entrelazaban sus temores y escasas ilusiones. Nunca halló final para sus historias y se afanaba en correr desnuda bajo densos nubarrones en busca de una lluvia fina que apretase su nudo y pusiera fin a su lamento en una corta carrera hacia sus labios. Mientras dudaba sobre como saciar su sed hiriente, su sombra se hacía mayor a cada paso, marchitando tras de sí hordas de ramas y espesos follajes en la cruda telaraña del sueño inerte.

Sólo quedaba un escape. Lentamente Martina trataría de introducirse el puño a través de su ombligo reestableciendo olvidadas filias para recuperar la fisionomía circular y así escapar a los ojos de quien sólo la busca hasta que se le caen los pechos. Pero Martina nunca me dejó quedarme en la isla. Yo no era una palabra, no era su palabra. No podía encontrar anclajes más allá de dónde las legañas se disfrazan y caminan entre animales grises que se deslizan por el agua antes de dormir. Se esparcieron entonces todas mis entrañas entre sus dedos y, por fin, comenzó a llover.

Martina se abrigó con su sonrisa y corrió hasta que la lluvia resbaló por su cuerpo desnudo. Martina seguía sonriendo. Los cristales opacos recuperaban su color, las formas comenzaron a dibujarse entorno a su menuda figura. Llovía incluso dentro de la pecera en la que Martina había escondido su último tesoro, su gran secreto. Era una caja rectangular, cuadrados blanquinegros la rodeaban. En su interior sólo virutas de plástico blanco. Y más virutas. Y justo al final, cuando ya no quedaban más virutas que desordenar alegremente, apareció él.

Un viejo libro artesanal, de complexión calida y una riqueza abocada al abandono. Un armazón fraguado en las penas insomnes capaz de esconder la única verdad que una pluma nunca pudo alcanzar. En su última página Martina estampó el sello de sus labios y la lluvia cesó. No volví a ver más a Martina. Martina encontró el final a su historia.

La resignación se apoderó de mí. Podía volver al diccionario, podía volver a la no significación. Pero decidí esperar a mi última palabra, a mi final. Soñaba con ser una historia. Por eso, aunque Martina desapareció, vivo aquí, en la Isla de las Bufandas. Sólo me queda esperar su regreso, regalarle mi deshilachado cuaderno y confíar en que sus labios sellen junto a los míos ésta, nuestra, historia.

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