Taxi

Nunca tenía que haber subido a aquel taxi. ¿Por qué lo hice? No lo sé, la verdad que no lo sé. Pero esa imagen vuelve a mi cabeza continuamente. Se refleja en el iris de un leopardo. Se mueve entre las hojas de un bosque fresnos, sí, cerca del río. Y en esa melodía recurrente atrapada entre la desnudez y el sueño de la perfección. Años después sigo recordando la frescura de esa mano que invitaba a correr bajo la lluvia gritándole al mundo. Vueltas y vueltas. Trescientos sesenta grados de ilusión ocultos en la mentira de una juventud ficticia, mera pegatina arbitraria de control moral, que surcaba el puente entre dos mundos hasta ese momento desconocidos. A pesar de todo, era un remanso de paz. Lo desconocido siempre me hizo sentir seguro, era la única forma de vida satisfactoria que conocía. Y aquella mano, aunque ya hubiera besado sus líneas más de una vez, era… era la mano de la incertidumbre.

¿Por qué monté en aquel taxi? ¿Era su nombre Dyanne? Vuelve ese sonido recurrente. ¿Te acuerdas? ¡Cómo para no olvidarlo! Campanas, campanas que rebotan en las paredes de un viejo pueblo de piedra. Un pueblo tejido entre puentes y neblinas. que escondían en sus calles a tristes figuras siempre meditabundas. El lento castigo del latido constante que mantenía la hegemonía del pensamiento consecuente sin dejar pie a la pronto y fascinante aventura del ejercicio del vuelo susurrado. El taxi bordeaba sus calles empedradas lentamente, bailando con las luces de las farolas entre la escasa lluvia. ¿Recuerdas el fresco olor a hierba? ¿O tal vez era su perfume? Ese salvaje olor a imaginación me cautivaba y me atrapaba dentro de una red neuronal capaz de desdibujar el mundo a cada paso.

¡Y volvía a sentir el groove! Lentas pulsaciones en un Korg, la cajita de música que te había regalado cuando quemaste primer recuerdo y un silbido redondo , de trazado milimétrico, que fluían entre mis venas mientras tú me sonreías en el asiento trasero de aquel taxi. Por fin lo había conseguido. Una luz anaranjada, ¡cómo mi Kimono!, destapaba de entre las sombras una tienda de juguetes, pequeñas miniaturas talladas con ternura. Solías pasar por allí antes de invitarme a subir contigo en aquel viaje. Lo sé porque yo te seguía. Cada martes, tras visitar las aves de Doña Ana, te escurrías entre los vendedores ambulantes y avanzabas hacia la tienda. Siempre con las manos en los bolsillos, mirando al cielo absolutamente despistada, sonriendo a cada gato subido a una tapia. Frente al cristal te rascabas la nariz con la palma de tu mano y mirabas siempre sorprendida la extraña figura de un mago barbudo. Saludabas a Gerardo y no lo dudabas. Al final del primer pasillo, junto a algunos puzzles de madera pintados a mano, un tiovivo de porcelana y unos juegos de tela estaba tu cajita. La observabas con cuidado. Siempre pensé que estabas aprendiendo cada golpe pincel, cada giro, para pintar el límite de tu alma con la coraza que recubría aquella recurrente melodía. Abrías la cajita con suavidad sobre tu mano izquierda y acercabas tanto la nariz que cualquiera hubiera dicho que olfateabas la música en lugar de escucharla. Cesaba la melodía y devolvías la cajita a su lugar. Te despedías de Gerardo y volvías a perderte entre el rumor de la gente silbando esa dulce canción francesa.

Cuando compré la cajita yo también lloré. Lo siento. No creí que una simple cajita fuese tan importante. Ese día tú llegaste pronto, demasiado pronto. Cuando llegué un ciclón había arrasado la tienda y Gerardo sólo recordaba la mirada de “la chica de los ojos de dos colores”. Te había perdido. No volviste al martes siguiente, ni al siguiente. Fue entonces cuando creció mi fascinación por la cajita y su extraña melodía. Cada martes la sacaba del cajón y disponía todos mis sentidos para averiguar su secreto, el tuyo, durante el escaso minuto que duraba la canción.

Y de repente estábamos allí. Bajando de un taxi en la puerta de tu casa. Tu corto cabello recogía infinitas gotas de agua que sacudías como un perrillo travieso. Escondías las manos en las mangas de aquel horrible abrigo verde y negro mientras bailabas a mi alrededor ocultando la caja de mi visión. Cesó la lluvia, cesó el baile. Algo temblorosa tú sacaste la cajita de la bolsa de papel morado y la pusiste sobre mi mano. Una, dos, tres, cuatro, cinco vueltas. Abriste la cajita y acercaste tu nariz hasta su borde mientras me mirabas fijamente. Sesenta segundos. Cerraste la caja. Me besaste la mejilla y nunca nos volvimos a ver.

Salvo cuando resuena esa oxidada melodía y siempre me recuerda que hice bien montando en aquel taxi. Es entonces cuando nos volvemos a ver y te muerdes el labio inferior mientras me devuelves la cajita. Esta vez yo acciono su rueda y vuelvo a levantar su tapa a escasos centímetros de tu cara. Pero ahora… ahora… la melodía no tiene fin.

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