Dos colchones en un suelo frio

En silencio festejaba el fin del misterio. Encaramado entre sus ramas vislumbraba las fauces de la ciudad dormida mientras asociaba caras y sonrisas buscando el camino afable hacia la destrucción. Estaba en lo más alto de una colina, allí donde pudiera divisar a mi antojo todo cuanto quisiera sin el miedo auspiciado por el decoro y las costumbres arcaicas. Allí, encima de las nubes, me sentía bien, incluso superior al resto de los mortales. De hecho, me sabía mejor que ellos. Había resuelto otro gran misterio acerca de conchas entrelazadas y miradas fugaces. La respuesta estaba en el algarrobo. Siempre había jugado a sus pies, el me había visto crecer a su sombra y ahora me acogía fríamente entre sus raíces. Justo encima de las nubes, allí donde el silencio camina y se expande, crecía el mirando el mundo con otros ojos. Aislar y sublimar. ¿O quizás recordar y fondear? Quien sabe. Pero su llamaba era poderosa y callada, debía acudir a su encuentro. Te raje, lo siento, quizás no debí. Pero antes de abandonarte en el páramo necesitaba probar tu savia y sentirla en mi boca.

– Ahora tengo que atender a la llamada del viento.

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