Lluvia

Pasamos las tarde de invierno acariciando las gotas de lluvia desde el sofá de terciopelo morado. Bailaban nuestros dedos bajo la voz de Edith Piaf, perseguíamos con la mirada la salvaje creación del arco iris entre tejados y antenas, fracasos y oportunidades. Observar tan solo por un instante la formación inequívoca del color otorgaba la posibilidad de materializar físicamente la necesidad de crear nuevos caminos que completar. Un nuevo mundo florecía bajo el manto de las restricciones ordinarias.

A veces jugábamos a atrapar el arco iris con la boca para sentirnos parte de esa energía regeneradora. Otras veces, las que más, buscaba descaradamente dentro de tu boca el origen a tal misterio de la naturaleza. Y cuando nos cansábamos de jugar, huíamos bajo la manta atigrada con la esperanza de que el olor a lluvia regase nuestros sueños.

– ¿Lo hueles? Por fin vuelve a llover.

Y los primeros rayos de sol cortaban diagonalmente nuestro salón. Maldita luz solar. Me entretenía observando las partículas de polvo deambular entre el haz luminoso. Era como ver nevar dentro de una ciudad de cristal, pero esta vez nadie la condenaba agitadamente. Cuando me decidía a regresar a la realidad allí estabas tú, a mi lado, sonriendo. La chica de los ojos de dos colores, verde y azul. Gruñías amablemente y te rascabas la nariz con la palma de tu mano al tiempo que intentabas mordisquear una vieja pulsera de cuero.

La lluvia siempre me produjo cierta curiosidad. Quería experimentarla una y otra vez como si fuera la primera vez. Necesitaba sentir mi pelo empapado por la lluvia, mis bolsillos inundados y mis playeras desbordadas. Volver a correr, refugiarnos en portales. Ver, por fin, la increíble cantidad de humo que exhalan los carros motorizados. Y ese olor, me encanta ese olor tras la caída del agua.

Por pocos minutos, cerraba los ojos y respiraba profundamente. El aire me renovaba y alejaba de la realidad durante su expiración. Sí, era real. En los pocos segundos restantes, podía viajar espacialmente, podía evadirme. Quizás de los caminos para encontrar la felicidad la lluvia no fue el más adecuado, por muchas veces que nos cayésemos corriendo por las calles empedradas de nuestro barrio.

Papel, tabaco, mechero.

– ¿Merendamos?

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