Tardes de estudio

“… encontramos a la joven pareja dirigiéndose hacia un lugar apartado de la selva, en donde extienden su estera y se tumban uno junto a otro. Tras asegurarse que no están siendo observados, retiran la hoja que cubre el pubis del varón y la falda de hierba de la hembra. Se acarician mutuamente los cabellos y atrapan y mastican los piojos del otro; entrecruzan brazos y piernas y charlan durante mucho rato sobre su amor con frases cariñosas. Frotan sus narices, mejilla contra mejilla, boca contra boca. Sus caricias se van haciendo más apasionadas, sus lenguas se enroscan, se chupan y muerden el labio inferior hasta que sale sangre; se muerden también las mejillas, la nariz y, especialmente, las pestañas. […] Según se desarrolla el coito, el hombre espera hasta que la mujer está lista para el orgasmo. Entonces aprieta su cara contra la de ella, abraza su cuerpo y lo eleva hacia él, al mismo tiempo que ella le rodea con sus brazos y, por regla general, clava sus uñas en la piel de él.”

Leía con cuidado los apuntes de Bronislaw Manilowski acerca de las pautas sexuales de los habitantes de las Islas Trobiand. Intentaba no caer seducido bajo el encanto de sus prácticas amatorias. No debía imaginarme una piel tostada y curtida por el sol del Pacífico bailando lentamente ante mis ojos una pausada melodía percusiva. No podía pensar en una nariz juguetona recorriendo cada centímetro de mi cara, ni en unos ojos de dos colores tan cerca de los míos que podía ver las flores que los inundaban de color.

Entonces, decidí cerrar los ojos y morderme el labio. Necesitaba escapar, mantener mi imaginación al margen de mis estudios antropológicos. Yo podía ser más fuerte que cualquier referencia externa, podía vivir sin sexo. Él no me controla. Cuando abrí nuevamente los ojos la sangre manchaba la página trescientos treinta y cuatro del libro que sostenía sobre mis piernas. De mi boca manaba otra vez ese cálido líquido de color rojizo. La herida fresca aún no había sido cicatrizada. No debía dejar que mi sangre inundase el aire de la habitación, su olor podía desencadenar una nueva batalla de besos y caricias.

Y allí estabas tú. De pie, desnuda, junto a la ventana exhalando pequeñas burbujas de jabón que harían las delicias de la floreciente imaginación de los niños de la calle, de esos niños que no se compran relojes sino que se los pintan y que, aunque atrasen, siempre hacen llegar en hora a quien los posee. Observaba los surcos del dolor en tu espalda y sonreía pícaramente. Tal vez, y digo únicamente tal vez, deberíamos salir algo más de casa. A este paso no podremos ir a la playa en verano.

Te espiaba secretamente, siempre lo hice. Disfrutaba mirándote, aunque a veces no hicieras otra cosa que respirar con los ojos cerrados. Quería decirte algo, pero no sabía qué y cuando lo supe tú nunca estabas despierta para escucharme atentamente. ¿Música? ¿De dónde venía esa música? Te diste la vuelta atrapándome en tus ojos y descubriendo, una vez más, mis planes ambiciosos. Y silbaste, claro que silbabas, mientras dabas una vuelta y otra y otra sobre tus pequeños pies.

– ¿Charabia?
– Mmm, mmm. Je cherche après Titine, 1917, Francia.

Una de las primeras referencias sonoras servía de hilo conductor para nuestro juego de miradas y sonrisas. Siempre veíamos primero Metrópolis, yo admiraba fervientemente a Lang, y a continuación la bella historia en la que Paulette Goddard se aleja en el horizonte junto al clásico mendigo del bigote.

– ¿Jugamos a ser dos gatos?
– Miau.

* Bronislaw Manilowski, Argonauts of the Western Pacific: An Account of Native Enterprise and Adventure in the Archipelagoes of Melanesian New Guinea. 1922

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