Añoranza de las imágenes inexistentes

– Asimétrico. Definitamente es asímetrico.

Observaba con recelo el leve tintineo de unas campanas azules, metálicas, mientras se rascaba nerviosa la nariz. Diagonales tangenciales, conos esféricos y variaciones de presión atmosférica. El lento vacío de un eco apagado atrapaba en su matriz el resultado de la unión pluricelular de dos entes deformados por la incapacidad de ejercer la sincronía imaginaria. Cemento, rudo, carente de color. Paseaba mis dedos sobre su esqueleto de metal fundido, frío, desnudo. Los procesos inductivos generaban fórmulas matemáticas que unían olvidadas resoluciones filosóficas en un nuevo y vano intento de lograr la reforma moral que no impida el abrazo coercitivo proveniente de la mentira bajo un signo público de nuevas formas de expresión, nuevas ideas. Zumbidos…

– La posesión del algorritmo adecuado no te hará más fuerte si no lo sabes amar. Hace ya mucho tiempo que de la ciencia perdió toda su razón de existencia – le recriminé.

Ella, ajena, seguía contemplando el devenir zigzagueante de las campanas. Llevábamos días, quizás semanas, en el interior de aquella extraña construcción. La extraña musicalidad de sus columnas atrajo nuestros pasos tras lanzarle la primera piedra en medio de una fuerte discusión acerca de la variación tonal de los rayos solares en función de su intensidad y localización espacial.

– No, no pienso acercarme al Círculo Polar. Es una gilipollez que pienses que allí podrás conseguir un fa sostenido. La energía electromagnética proveniente de un fotón es invariable, parece mentira que reniegues de los principios básicos del dogma.
– Ese es el problema: el maldito dogma. Y tu pérdida de fe en mí.
– Confío en ti, pero no en tus tonterías. Empiezo a estar cansada de perseguir quimeras invisibles, no quiero seguir jugando a ser dios ni seguir manipulando el entorno a nuestro antojo. Creamos, sí, pero a cada paso que damos destruimos todo lo que nos mantenía hasta ese momento.
– Pero el profesor Hausen…
– ¡Debería haberlo matado cuando tuve el momento!

Agarró una piedra y la lanzó contra aquel edificio solitario.

Algo sonó.

[Resonó]

Nos miramos con temor. Estaba ahí, justo enfrente de nuestra de mirada. Cerré los ojos y suspiré. Al abrirlos ella corría hacia la metálica construcción mientras impedía que las piedras amontonadas en sus bolsillos regresasen a tierra firme. Se detuvo ante la portada aún sin esculpir, carente de un pantocrátor en su tímpano, y acarició con suma delicadeza sus columnas altivas. Una tras otra las recorría centímetro a centímetro, palpándolas, sintiéndolas como parte de un ser vivo al que proteger entre sus brazos. Giraba entorno a ellas sonriendo, se diría que bailaba caminando de puntillas entre láminas de feldespato y mica. Juntó sus manos en un acto de redención autocomplaciente y alzó su mirada ante un cielo revoltoso. Pequeños vórtices violáceos surcaban el cielo entre cirros y altocúmulos mientras el suave sol azul de Pantar iniciaba su descenso mensual. Giraba, giraba, giraba… había conseguido esbozar un movimiento solenoidal al compás de sus diminutos pies. ¡Desarrollaba el movimiento caótico descrito por Kolmogórov!

Cesó el baile.

Temerosa a adentrarse en la nave central, dirigió sus pasos hacia una de las derruidas naves laterales. Allí solitarias columnas habían cesado en su deseo de albergar reflejos de crucerías pasadas y permanecían intactas, impasibles, junto a desdichados arbotantes que nunca encontraron un muro que les diera la razón de su existencia. La chica de la larga melena hurgó en sus bolsillos y lanzó una piedra contra una de las columnas.

– ¡Sí bemol!- gritó
– ¡La!- exclamó mientras corría en dirección a la tercera columna.
– !Do!
– Y tú debes ser… – murmuraba mientras tanteaba el peso de la cuarta piedra – ¡Sí!

– !Es una maldita melodía cruciforme!

El interior hueco de las columnas estaba dispuesto a modo de idiófono percutido. Era algo inaúdito. Sonido metálico, claro e inconfundible. Presentaba un ataque corto, rápido y un decaimiento prolongado en el tiempo como si una pequeña orquesta de marimbas se encerrase en cada una de ellas. Dinámico y alterable, el sonido fue propagándose por todo el páramo hasta alcanzar mis oídos. Su altura tonal fue variando conforme la intensa curiosidad y el asombro inusitado lanzaba piedras a mayor aceleración. El sonido se prolongaba en el tiempo…

Se prolongaba en el tiempo…

Se prolongaba en tiempo y producía una extraña amalgama de sensaciones que erizaban mi piel. No eran simples notas musicales, no eran melodías. La confusión sonora dejó paso a las vibraciones corporales. Golpeaba con fuerza cada una de las columnas y las abrazaba. Hacía suyo su latir, su pasión. Cada golpe resonaba sobre su caja torácica y generaba una serie de estímulos desconocidos para ella. Acercaba sus orejas hacia los tubos resonantes y trataba de auscultarlos. Los acariciaba lentamente con una fina lámina pétrea y escuchaba su respiración, el lento lamento de altas frecuencias producido en su interior. Y entonces gritó, aunque no la pude escuchar hasta estuve tan cerca como para arrebatarle la siguiente piedra.

– Asimétrico. Definitivamente es asimétrico.

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