30 Seconds To Mars @ Palacio de Vistalegre [17-12-2010]

Hay ocasiones en las que un concierto trasciende lo puramente musical y se convierte en un extraño fenómeno que algunas personas recordarán toda su vida mientras que otras intentarán obviar su asistencia al evento. Cuando esto sucede no existe escala de grises ni un baremo con diversas opciones para valorar una actuación más allá de un amor irracional o un odio incondicional. En los tiempos que corren, y dada la envergadura del concierto – no cualquiera llena Vistalegre-, muchos sabemos que quizás valga más una imagen que mil palabras. Y ahí radica el problema principal de 30 Seconds To Mars: dejaron de ser un grupo para convertirse en un cliché estético.

La primera imagen de este concierto es una gran cola formada a primera hora de la mañana, o quizás la noche anterior, sólo comparable al concierto hace unos meses atrás de Back Street Boys. Una ingente cantidad de público adolescente, en su mayoría femenino, que probablemente acudía a su primer concierto y que profesaban por el líder de la banda una suerte de demencia transitoria o cualquier clase de trastorno obsesivo expresado mediante camisetas, carteles, caras pintadas y llantos vespertinos. Todo un mal augurio ante lo que se presuponía un concierto de rock.

Esa tarde hacía frío en Madrid, pero el ambiente tardó poco en calentarse. Desde el equipo de producción del evento se nos informa de la imposibilidad de fotografiar al grupo telonero, los portugueses More Than A Thousand, y se retrasa nuestra entrada al recinto otras dos horas. Algo resignados decidimos perdernos el único concierto que acontecería esa noche en el Palacio de Vistalegre. Quien consiguió salvar la monstruosa cola y posee oído en lugar de orejas, no miento al considerar al público de 30STM deficitarios auditivos, pudo disfrutar de una banda de metal de nuevo cuño mientras la completa totalidad del aforo cuchicheaba, terminaba de peinarse el cuidado flequillo o se ayudaban entre sí a pintarse en la cara el nombre que motivaba su locura.

Cuando por fin accedemos al recinto, unas tres horas después de nuestra llegada y consecuente recogida de las acreditaciones, asistimos a un gran momento, sin duda lo mejor de la noche. Mientras se preparaba el escenario para 30STM por megafonía sonaron gigantescas canciones de Radiohead, Massive Attack, Refused o Nine Inch Nails ante la indiferencia de un público ignorante y poco ducho en cuanto a grupos cuya significación para el mundo de la música es mucho más alta que un repertorio de poses, un cuidado estilismo y el contoneo de quien debería avergonzar a todo aquel que acostumbre a asistir a conciertos.

Para desgracia nuestra se apagaron las luces y cambiamos la fina selección musical por un estruendoso griterio carente del mínimo sentido común, algunos animales camino del matadero son más silenciosos. Podría decirse que en aquel momento se inició el karaoke perpetuo, pero tampoco creo que allí fuera mucha gente a cantar. De la masa enfervorecida solo se extraían gritos, aullidos, alaridos y toda una suerte de onomatopeyas intraducibles al lenguaje escrito que conseguían, por increíble que parezca, ahogar la voz de Jared Letto, si es que alguna vez la tuvo.

Tres canciones, tres, pudimos estar en el recinto por órdenes de producción. No hubiera sido problema si las condiciones para realizar el trabajo gráfico hubieran rozado la mínima dignidad. Un pequeño corrillo de fotógrafos en la antesala del recinto y una decisión: no publicar ninguna imagen del concierto para salvaguardar la profesionalidad de cada uno. De todos y cada uno de los incidentes fue informada producción que no hizo más que lavarse las manos. Entiendo que, quizás, la persona que nos atendió no tuviera culpa ni mucho menos el peso suficiente para tomar cualquier tipo de resolución al respecto, pero no quita para criticar a todo un equipo que consiguieron que saliéramos de allí bastante enfadados por el trato recibido durante toda la tarde.

¿Y qué sucedía dentro? Jared Letto renunció a su profesión de cantante otorgando al público el micrófono la mayor parte del tiempo que sólo retomaba para, como si de una clase de aerobic se tratase, insuflar ánimos al desquiciante público que celebraba tanto o más que sus canciones favoritas el ya cacareado “jump, jump”. En ningún momento fue capaz de alcanzar tono agudo alguno parapetándose detrás de los numerosos, e infernales, coros que rellenan y extienden sus canciones más allá de lo políticamente correcto.

A su lado, Shannon y Tomo asistían impasibles al irrisorio espectáculo ejecutando sus respectivas facetas con la mayor profesionalidad posible, al igual que los encargados de seguridad que recorrían incansablemente el recinto escudriñando centímetro a centímetro en busca de una huella, una pista que les condujera a alguna cámara de fotos que una bienintencionada prepúber hubiera colado para hacer las delicias de sus amigas decorando alguna instantánea con corazoncitos en cualquiera de las numerosas redes sociales.

Abandonamos el recinto media hora después de acceder al mismo sin ninguna clase de miramiento. Entre todos los condicionantes que, combinados entre sí, conforman un espectáculo musical lograron que nosotros, una pequeña porción de la prensa musical, saliéramos cabizbajos, incluso tristes. Nuestro trabajo, en especial el gráfico, fue menospreciado hasta ese límite en el que tomar el pelo de forma simpática pasa a ser una afrenta y, aunque hay muchos bobos en el mundo, a nadie le gusta verse relegado a esa categoría.

El concierto de 30 Seconds To Mars ha sido, sin ninguna duda, el peor concierto que ha pasado por Madrid a lo largo de 2010 y una de las peores experiencias musicales de mi vida. Nada de lo sucedido el pasado viernes justifica un aforo completo, unas estrictas medidas de seguridad, ni euforia desatada ni desmayos adolescentes. Únicamente la ingenuidad y, aún intacta, ilusión del público asistente pudiera salvar recuerdo alguno de lo acontecido. Sólo puedo agradecer no haber pagado euro alguno por el esperpento sufrido porque la sensación de estafa solo hubiera sido remediable reduciendo a cenizas una tarde para olvidar.

Por una vez, mil palabras valen más que una imagen.

[Entrada compartida con la fotógrafa Cristina Cardoso]

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