Ainara LeGardon @ Moby Dick 22-03-11

Ainara es una mujer que, por mucho que creas conocer, posee esa cualidad para deslumbrar y maravillar en cualquier momento, aún sin ser consciente de ello. Aún analizando sus letras en profundidad, intentando adentrarte en los entresijos de su mente, eres incapaz de situarte en el espectro sonoro resultante de la presentación de We Once Wished. Ainara sorprendió, y mucho -al menos al abajo firmante- con un concierto duro, áspero, intenso; aunque, al mismo tiempo, eso era lo esperado.

Tras la contundencia y fuerza de su último disco la conjugación de canciones de un pasado cercano con esta nueva influencia que, en ocasiones, parece producto de la rabia, de la ira,… de la desolación de las metas no alcanzadas – ya sean susurradas o gritadas, todas ellas proceden del alma de la propia Ainara- parecía generar algún tipo de controversia estilística en un concierto nada controvertido.

Ainara jugaba en casa,. O puede que nosotros fuéramos a presenciar un concierto a casa de Ainara, todo es posible. Pocos conciertos son los afortunados en disfrutar del silencio, aquellos en los que el artista puede alterar el rango dinámico de su voz hasta llevarlo a casi los límites de audición, pero donde el respeto, la admiración y la fascinación creen un ambiente en el que cada pestañeo parece pertenecer al ritmo de la canción. Y si jugar en casa no fuera suficiente, lo hizo en familia: Hannot Mintegia, guitarra y coros, Héctor Bardisa, baterista, y Rubén Martínez, bajista; completaban la formación inicial.

Una batería inmensa, de energía desproporcionada, pero nunca malagradecida. Unos bajos vigorosos, absorbentes. Guitarras elípticas, por momentos llenas de fuerza, rápidos cortes. Y Ainara… desde el sigiloso susurro al aullido, siempre ella, siempre única. Centrado el repertorio en su último disco, We once wished, y con leves concesiones al pasado, Ainara, siempre situada a la izquierda del escenario, ofreció un corto concierto – al igual que su última obra- en la que tuvo tanta importancia lo visible como lo invisible, una extraña comunión entre sensaciones auditivas y percepciones sensoriales que envolvieron la sala Moby Dick en un halo mágico cargado de intensidad, complicidad y mutua admiración/respeto.

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