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Trazo rápido, fulgurante, ininterrumpido. Dedos que revolotean entre el alboroto organizado de su áspero cabello rizado. Adornos de color salpican sus pupilas mientras recorría desnuda la inmensa estrechez del lienzo en blanco. Una vez perdida toda sutilidad, sus movimientos enérgicos barrían anticiclones a su alrededor. La marabunta esquivaba su rápido pincel ante el anacrónico miedo a la lógica algarabía subyacente.Pintaba la vida porque sus ilusiones debían convertirse en realidad más allá de su habitáculo de cristal. Reflejaba en el opaco vidrio las aspiraciones de una vida todavía por llegar, por descubrir. Desde su infancia obtuvo enseñanzas acerca de la observación onírica. [Decían que su abuelo se había esforzado tozudamente en la escritura anticipada del ambiente, (el entramado), sobre el que ejecutar el intercambio y alteración de realidades]. Poseía un extraño don que aún no había descifrado desde su llegada.Se hallaba sentada sobre un cúmulo de escombros cuando nuestras miradas se cruzaran por primera vez. Sonreía misteriosamente mientras dejaba caer, una y otra vez, una fina lámina de cuarzo, una y otra vez, desde su rodilla sangrante a su empeine desnudo. Una y otra vez. A través de su mirada, imbuía de dos colores, intuía que no era esta la primera vez que me observase aún cuando ni recordase la última vez que ando.Permanecía inalterable, en un largo juego de inconsciencias compartidas -prohibidas- que marcaban su cuerdo de [¿desaforada?] escualidez. Sus omoplatos se extendían más allá de su espalda; pretendían escapar al sometimiento rígido de un cuerpo terrenal. Su delgada colección de vértebras alineadas se arqueaban violentamente mientras se inclinaba sobre sus pies sin perder de vista al bello “mineral”. Enfrascado en el que juego que arañaba sus piernas perdí la cuenta de ciclos y frecuencias con las que medía el tiempo y avanzaba hacia ella en cada atisbo de dolor. Por fin estuve lo demasiado cerca para oler su pelo: tierra y pelo se entremezclaban en un desaliñado aspecto ceniciento. Entonces se giró y, con los ojos anudados a su esquelética y protuberante pubis, pronunció sus únicas palabras: “por fin es horas de dormir”.

Z. Fijaba mi mirada en la curvatura de su empeine. Gozaba con la diferencia longitudinal entre los dedos de sus pies y giraba en torno a la redondez de sus tobillos.No podría distraer mi concentración ante sus finos talones tallados por el sol y el tránsito entre la maleza. Observaba como agarrotaba cada falange (como un ave asida a una rama) y volvía a distender los músculos a cada paso descalzo que zurcía de huellas el camino polvoriento que recorríamos de noche.

AA. La ternura auspiciaba su sonrisa carente de maldad y en mi desataba la necesidad del encuentro fortuito y permanente que pudiera engendrar nuevas vidas capaces de hacer frente al desdichado síndrome de Stchmo. La necesidad, aún biológica, de la perpetuación del pensamiento cazallero escondía las miserias de quien las la extrema socialización desdibuja entre chimeneas y tejados la sombre de la soledad. Llanto acelerado, risa inmotivada y movimientos reflejos incapaces de reproducirse mientras el aislamiento personal permitía cercenar la poca voluntad de interacción cognitiva.

AB. Sucesiones ternarias se fundían en líneas algorítmicas sin mayor pretensión que la estabilidad horizontal del proceso pragmático. La irregular distribución de los asuntos sincopados aceleraban su respiración y disparaba el procesamiento de imágenes por segundo consiguiendo así altera dinámicas finitas en cuanto al movimientos de los objetos. No debía ser la capacidad reflexiva del fotón quien abriera las puertas de la percepción, sino la velocidad de corte de un diafragma que…

AC. Puntos en la inmensidad, pequeñas gotas de luz en el vacío de la noche que, como fuego artificial, propagaban su escaso eco a través de las frías paredes metálicas del sendero. El murmullo de nuestras pasos alimentaba la ansiedad de un destino aún sin imaginar. Siempre lenta, iba deteniendo su mirada en superficies planas y recreaba con sus yemas estructuras gráficas provenientes de su infancias.Las primera luces del alba desteñían nuestra alevosa oscuridad.

El mundo aún no había acabado y eso le impacientaba.

Sonrío.

ACD. No hay mejor sensación que el miedo ajeno. No aquello que uno es capaz de infundir ni generar, sino aquel sentimiento oscuro que habita en la profundidad de las personas y tan solo la sonrisa conocida y la conversación furtiva son capaces de callar en segmentos y directrices plegadas ante el poder telenceflítico. Unos dedos recorriendo un brazo, una sonrisa. Una carcajada estéril. Aterrizo el avión, terminó el dolor.

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