Adiós, Panero, adiós

Leopoldo María Panero deambulando por Las Palmas de Gran Canaria.

Leopoldo María Panero deambulando por Las Palmas de Gran Canaria.

No siempre se van los buenos, porque tú no lo eras. Estabas condenado, lo sabías y nos lo hacías saber. Incluso nos condenabas a nosotros. Te sentabas junto a nosotros y querías compartir tu dicha. Balbuceabas por culpa de las drogas que te intentaban alejar de tu cordura. Otras veces balbuceabas porque sabías que nuestro pobre intelecto no estaría a la altura de tus palabras. Cuando lograba descifrarte, apenas te entendía. Italiano, francés, latín,… la tuya era la lengua de la poesía y, siempre gongoriano, obtuso ante el profano. Andabas desaliñado, siempre con media camisa fuera del pantalón. Tu imagen era pobre, casi tan pobre como tu alma o tu desgajado corazón. Desapercibido y escurridizo, a veces huidizo. Leopoldo no se dejaba encontrar aunque fuera un hombre de vicios y placeres reconocibles y abundantes. El poeta, el vagabundo, el enfermo, el soñador,… mermado por la legalidad que amparaba su tratamiento médico solo quería disfrutar del pequeño, pero sin embargo horrible, tránsito que le condujera a su ansiado destino: el infierno. Cabizbajo, siempre meditativo, llenaba de humo cada segundo, cada lugar por el que pasaba. Encerrado en sí mismo, Lepoldo quizás olvidó quien fue algún día, quien era todavía.

Más allá de la imagen de El Desencanto o la sombra de Michi, Leopoldo dormía en incómodos bancos de hierro bajo la sombra de un flamboyán. Ahí estaba siempre, visible desde la ventana de las aulas donde aprendimos teoría de la literatura y la esencia de la poesía, pero nunca nos dimos verdaderamente cuenta que allí abajo podíamos aprehender la literatura y cohabitar con el verdadero sentimiento de la poesía. Arrastraba una bolsa de deporte azul casi por los suelos. Las drogas, “medicamentos” decían, apelmazaban su paso y le infligían una pequeña cojera disimulada. Jamás le vi masticar comida alguna, pero no hay duda que la literatura era su alimento. Carne de su carne, sangre de su sangre, Leopoldo portaba huestes de palabras dispuestas a ser recitadas cuando pedía permiso para sentarse, observar y hablar. Cuando Leopoldo hablaba no lo hacía él, lo hacía la poesía. Por eso, muchos, no lo supimos entender.

Él era, sin duda, el último errante. Sus pasos, aún participando de lugares comunes, eran tristes y casi nauseabundos mientras recorría las calles antes de volver a la prisión: el manicomio. La sociedad, nuestra sociedad y nuestra medicina, convirtieron sus pensamientos en un campo errático donde hacía ya mucho que la realidad había dejado de existir. Él también erró, a veces con estrépito, pero no más que nosotros erramos al no saber acogerlo entre nosotros. Desde unos meses atrás buscaba su triste figura, pero él no quiso ser encontrado. Había sido expulsado, otra vez más, de la vida. Alejado por caprichos del ignorante, renegado por los ilustres de la palabra y olvidado por los enseñantes del amor a la poesía, fue perdiendo, uno a uno, cada diminuto rincón en el que solía morir vomitando versos ininteligibles a los pequeños incautos que se acercaban a su figura.

Adiós, Leopoldo. La tierra no te ha sido leve. Nos volveremos encontrar en tu poesía, o en la de cualquier otro. Eres poesía, fuiste poesía. Te fuiste y apenas recuerdo la última vez que hablé contigo, al menos cinco años ya. Te fuiste y dejas un gran vacío porque personas excepcionales, en su miseria y su virtud, hay quien no llega a conocer en esta vida. Te conocí, tú dejaste que te conociera. Llenabas el espacio, impregnabas e inspirabas desde tu silencio, tu tímida sonrisa o tu eterna Coca Cola. Eras un genio, poseías aura, estabas tocado para bien y para mal por la mano de dios, o del demonio. Eras ya un genio y ahora lo serás más, desgraciadamente en la muerte. Adalides y aduladores, revisionistas y receptores de tu legado aparecerán por todas partes. Pero yo sigo recordando nuestros encuentros, como marcabas los tiempos, las distancias y esa extraña sensación, única en la vida, de estar ante alguien demasiado especial como para ser recordado con palabras, aunque estas fueran tu vida, que parecen carecer de significado ante todo lo que eres, ya fuiste.

Cuídate, Leopoldo.

Más allá de donde 
aún se esconde la vida, queda
un reino, queda cultivar 
como un rey su agonía
hacer florecer como un reino
la sucia flor de la agonía:
yo que todo lo prostituí, aún puedo
prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema.

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