Irakare (1979)

Irakere (1979)

Irakere (1979)

Pocos, muy pocos, al norte de La Habana o Varadero, por ceñirnos al límite geográfico de Cuba, hubieran imaginado el caldo de cultivo musical, siempre efervescente, de la malograda isla vecina. La música cubana ha estado oculta siempre, parepetada, tras un bloqueo económico externo y la dosificación internacional propia de los fines partidistas de la revolución. En la propia capital isleña, a la sombra de Fidel y bajo secreto ante el posible castigo, la música imperialista -uno de los grandes adalides del enemigo capitalista- fue haciéndose hueco entre pequeñas minorías y dando orígenes a formaciones que debieron dulcificar la música de ascendencia americana a través de retales, ritmos y armonías folklóricas. La fusión estilística nace por la necesidad de ejecutar esas nuevas músicas, el mestizaje en este caso sirve únicamente de pretexto para lanzarse, abiertamente, a los brazos del jazz.

Una de tantas leyendas de las que rodean a Irakare dice que aparecieron en el festival de jazz de Newport debido a un error en la Oficina de Estado de Inmigración. Otra afirma que su concierto se prolongó hasta la saciedad debido a la euforia de un público desbordado por la explosividad libertina del lenguaje musical expresado por el combo cubano; incluso hay quien afirma que Stan Getz y McCoy Tyner terminarían subiéndose al escenario para participar en esta bacanal sonora, este torrente de expresividad y, porque no, experimentación.

Creada entorno a la Orquesta Cubana de Música Moderna de La Habana, Irakare se va nutriendo y configurando con distintos músicos que, en mayor o menor medida, alteran y adaptan el sonido de la banda durante más de tres décadas. La formación durante 1979, año de la grabación de este directo en los festivales de Newport y Montreux, podría ser recitada de memoria por algunos locos melómanos: Chucho Valdés arreglista, compositor, líder, piano y teclados; Paquito D’Rivera saxo alto, Carlos Averhoff saxo tenor, Arturo Sandoval y Carlos Verona trompeta y trombón, Carlos Emilio Morales guitarra eléctrica, Carlos del Puerto bajo, Enrique Plá batería y Armando Cuervo, Jorge Alfonso “El Niño”, Oscar Valdés a las percusiones y voces.

Sobre su paso por Newport, John Storm Roberts escribiría : “El trabajo que hacen no se parece a nada de lo intentado aquí. Su énfasis en elementos de jazz y rock es mayor que en los grupos neoyorquinos de “salsa” y “fusión”, y es mucho más intensamente cubano, con nuevos tratamientos de la percusión tradicional, nuevas maneras de combinar el jazz, el rock y la música latina en los solos y en bloques, nuevas formas de mezclar elementos en pequeñas subtes –nuevo todo. Desde hace tres años, el comentario ha sido que cuando oigamos lo que se hace en Cuba, la salsa será liquidada. Está empezando a suceder.” [Storm Roberts se refiere, principalmente, al sello neoyorquino Fania Records, hogar de Tito Puente, Celia Cruz, Ray Barreto, Rubén Blades,… ].

La música de Irakere nace del puro africanismo anclada a sus congas, la tradición y el trazo de bailes sinuosos antes de confabularse con una luminosa sección de metales en donde Paquito D’Rivera rivalizará en brillantez, cálidez y desperpajo con el talento único de Chucho Valdés. Las líneas de bajo dejan tras de sí rastros de funk y, tal vez si se quiere, una reminiscencia a un tódavía muy joven afrobeat en algunos de sus compases. Y si bien las guitarras muestran entusiasmo por los nuevos tiempos persiguiendo melodías a ambos lados del Atlántico, Irakere también es capaz de sumirse en el rescate y revisión de uno de los adagio para clarinete de Mozart.

Irakere simboliza otro de los tantos nacimientos de la música de fusión. Al tiempo, se trata de una de las últimas obras de alguno de sus autores antes de exiliarse en tierra enemiga y empezar la definitiva invasión cubana musical. Quizás es uno de los recodos más experimentales, aunque nunca inaccesibles, donde se escondieron estos músicos y, sin duda, se convierte en visita obligada aunque sea por su bella rareza. Y, por último, nunca está de más acudir a maestros de la instrumentación que logren llevar el ejercicio y la aplicación de un estilo, el jazz de origen cubano, a un nuevo estadio gracias al dominio de la técnica.

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